El testigo del accidente de tráfico en el juicio oral.

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La mayor parte de los procedimientos judiciales tienen por base la declaración de testigos presenciales. Presenciales en el lugar no cabe duda que lo son, ¿pero realmente han visto lo que luego relatan en el acto del juicio? Con frecuencia nos encontramos con personas que dicen haber presenciado un hecho que relatan con facilidad. En los denominados juicios de tráfico, por circunscribir nuestro artículo a esa esfera, nos encontramos todos los días y en cada una de las salas de audiencias de los Juzgados que dirimen los accidentes de tráfico, con personas que dicen haber visto y oído lo que apenas ocurrió en décimas de segundo. ¿Es esto tan cierto?

A los Jueces, Fiscales y Abogados nos acostumbran en las Facultades de Derecho a conocer y aprender las leyes, en algunas incluso a practicar en simuladores de salas lo que es el desarrollo de un juicio, con guiones más o menos manidos de lo que puede ser o será en hipotético plenario. Pero se olvidan los docentes y nos olvidamos luego, todos los profesionales –Jueces, Fiscales y Abogados- el conocer el alcance de la psicología –o mejor decir, del funcionamiento de la mente humana-  en los denunciantes, denunciados, acusados, imputados y testigos.

Esto no se nos enseña en un principio, con lo cual tenemos que aprenderlo por nosotros mismos a través de la experiencia. Experiencia que, a veces, tarda en aconsejarnos, cuando unas pocas anotaciones sobre el funcionamiento de la mente podrían hacernos adelantar el camino.

Tal vez al Ministerio Fiscal esto no le sirva, como tampoco al Juez –ya que lo ve desde una perspectiva de aplicación de la norma, aunque con el tiempo se aparte de ella para caer en hábitos de experiencia que conducen su decisión, aunque en algunos casos devenga equivocada-, pero sí al Abogado, que no sólo ha de buscar la verdad en aquellos testigos que propone, como de buscar la mentira en los testigos que le son propuestos por la parte adversa.

De este modo, se le supone al testigo dueño de su atención y cognición,  cuando ello no es totalmente cierto. No hablemos cuando un testigo tiene interés en que venza la tesis de una de las partes por pura amistad o por pura empatía (un testigo taxista siempre tendrá tendencia a sostener la tesis de otro taxista que haya intervenido en el accidente; un motociclista siempre tenderá a defender el relativo de otro motociclista en el accidente; y ello, con independencia de quién tuvo la culpa). Y decimos que el testigo no es dueño de su atención y cognición, por que ambas son frágiles, y sobre todo, cuando entre el hecho a recordar y el momento en el que se produce el relato supone un lapso de tiempo considerable.

El Abogado –de manera especial el de compañías aseguradoras, que es el que está día tras día analizando el accidente de tráfico y sus consecuencias- ha de tener en cuenta que es el cerebro el que construye la realidad, o lo que es lo mismo, se ve, oye, siente y piensa en lo que se espera ver, oír, sentir y pensar, y además, todo ello aderezado con lo que representan los recuerdos y experiencias previas. Creemos que somos conscientes de lo que sucede a nuestro alrededor, pero se deshecha el noventa y cinco por ciento de lo que ocurre. Esto no lo sabe el testigo, mas lo debería saber el abogado.

El hombre tiene la capacidad de atender de forma abierta y encubierta, pero no controla la atención. En una intersección de calles en la que pasan y se cruzan de continuo infinidad de vehículos, el viandante que espere al semáforo de peatones que cambie de rojo a verde llegará a reducir considerablemente la percepción de otro estímulo móvil más discreto, y ello porque cuando prestamos atención a una localización concreta (el mono rojo de peatones esperando que cambie a verde) las neuronas responsables de procesar la información de las regiones periféricas se inhiben, pues ante dos acciones llamativas y de comienzo simultáneo, aquella que se detecte primero será la que capte nuestra atención. De este modo, la atención abierta se da cuando dirigimos deliberadamente nuestros ojos hacia un objeto y fijamos nuestra atención en él, mientras que la atención encubierta será aquella mediante la cual miramos una cosa y fijamos la atención en otra.

Esta última, la atención encubierta, es la que el noventa y nueve por ciento de las personas, y por tanto, de los testigos, es la que les ha llevado a “ver” un accidente de tráfico –no estamos hablando del testigo que es parte en el accidente y, por ello, perjudicado del mismo-, lo que constituye una auténtica ceguera por desatención, pues el testigo no percibe los objetos que hay a la vista al tener la atención centrada en otra parte, pero que ve cómo su cerebro ve y procesa la información que le llega en ese momento.

El testigo no sólo es ciego en ese momento, sino que cambia y elabora algo totalmente diferente de lo que supone haber visto, y que está relacionado con el modo en que la mente deja de recordar lo que se acaba de ver, centrándose en un solo aspecto o en una única secuencia de los hechos, tomándolo como lo real e importante, olvidando otros datos aparentemente irrelevantes que pueden llegar tan importantes o más que el meramente recordado.

En numerosas ocasiones en el acto del Juicio (Faltas, Abreviado, Verbal e incluso Ordinario)  por el que se dirimen los accidentes de tráfico,  los Abogados nos limitamos a un interrogatorio superficial de los hechos en general, omitiendo cualquier referencia al testigo de detalles que, aun pareciendo nimios, pueden llevar a conocer la causa real del accidente, así como la conexión entre el alcance de los daños materiales de los vehículos y el resultado de las lesiones en los intervinientes. Y ello, porque damos por hecho circunstancias, extremos o consecuencia que deducimos de nuestra propia experiencia, cuando ello más que ayudarnos nos limita.

Teniendo en cuenta que la atención a los detalles en una mujer es más alta que la presentada por un hombre, el Abogado debe saber elegir el testigo adecuado cuando en la ocasión se den ambos, que por mi experiencia, siempre será una mujer. El varón, en general, se pierde en una nube de detalles generales que hacen parecer su testimonio no creíble, mientras que la mujer –salvo raras excepciones- se mantendrá serena y confiada en sus palabras, dando detalles aparentemente irrelevantes, pero que conforman la escena con realismo.

Por ello, es contrario a todo sentido práctico forense que el Abogado comience un interrogatorio tratando de ir al denominado “grano o meollo de la cuestión”. Muy por el contrario, el interrogatorio del testigo debe comenzar con algunas preguntas generales, de manera especial aquellas que le sitúen en el lugar y en el tiempo en el que ocurrieron los hechos, conformando la escena en la que, durante algunos minutos más o menos largos, vamos a volver a vivir las sensaciones que se produjeron con motivo del accidente de tráfico. El Abogado debe ayudar al testigo a recordar, a que el testigo vuelva a prestar atención a los aspectos particulares (objetos, colores e incluso olores), o lo que es lo mismo, a venir en ayuda del testigo de lo que en su momento quedó interrumpido para su atención y conocimiento.

Y esto es porque los sentidos no funcionan por separado, no sólo interactúan, sino que se realizan unos a otros, aunque en la mayoría de las ocasiones unos se engañan a otros. Los ojos pueden engañar al oído, pues el cerebro toma determinado atajos para que las interpretaciones más probables se produzcan con la mayor rapidez. Si el testigo ve un coche oscuro lo definirá más adelante como negro aunque  sea verde oscuro o gris, con lo que estará creando una ilusión fiel a lo que supone que ha visto. Pero esto no es la auténtica verdad de los hechos, porque la memoria es falible y funciona pero cuanto más tiempo pase deja espacios por cubrir que se van rellenando de creencias.

Elizabeth Loftus y John Palmer, pidieron a unos observadores que calcularan la velocidad a la que un coche chocaba contra otro después de ver un video sobre un accidente de circulación. Aquellos a quienes se preguntó a qué velocidad iba el coche cuando chocó con el otro, hicieron una estimación más baja que aquellos a quienes se les preguntó a qué velocidad iba el coche cuando se estrelló contra el otro.

Notemos que se emplean los términos chocar y estrellar. Esto no es baladí. El hecho de usar una u otra palabra resulta importante a la hora de querer mostrar mayor o menor impacto. Si soy el Abogado acusador utilizaré “estrellar”, si soy el Abogado defensor usaré “chocar”. Al preguntar al testigo usando el término “estrellar” y aunque no recuerde cómo de violento fue la colisión responderá con una frase en la que intente resaltar que la colisión entre los vehículos fue violenta, mientras que si se le pregunta usando el término “chocar” relacionará el accidente como de normal o sin importancia, ya que de manera habitual los vehículos chocan pero no tiene el por qué derivarse consecuencias graves (los coches de feria chocan y nos divertimos).

Pero todo esto se produce por la desinformación, no sólo en el momento mismo de ver o sentir el accidente, sino por el transcurso del tiempo, tal y como antes se señaló. Nuestros recuerdos cambian sin notarlo, y con ese cambio construimos falsos recuerdos combinando los recuerdos reales con el contenido de sugerencias o vivencias que hemos sentido, cuando no influencias que se reciben de terceros. No cabe duda que un testigo que haya tenido oportunidad de hablar previamente con los intervinientes del accidente de tráfico, inclinarán su testimonio bien de una parte o ya de la otra.

Así, el Abogado debe saber que todos nuestros recuerdos son falibles, pues cada vez que se usa un recuerdo hay que volver a almacenarlo como si fuera nuevo para poder acceder a él posteriormente, con lo que el antiguo recuerdo desaparece o resulta irreconocible. De este modo, cuando el testigo quiere recordar algo en realidad está rescatando el último recuerdo de ese algo, o lo que es lo mismo, el recurso que tendrá el testigo será la última conversación con el amigo que reclama en calidad de denunciante, o con el amigo que se defiende de la denuncia contra él dirigida, olvidando lo que presenciaron.

Por eso el Abogado debe saber qué testigo le llega a la antesala de la Sala de Audiencias. Si es un testigo amigo deberá ponerlo en cuarentena dado que su testimonio será el recuerdo de la última conversación con el amigo. Si el testigo es de aquellos denominados “citados por el Juzgado” tendremos la esperanza de tener un testigo más fiable en los recuerdos y en la veracidad de lo ocurrido, habida cuenta que su “contaminación” será mínima, pese al tiempo transcurrido.

Entre el testigo amigo y el testigo “citado por el Juzgado” hay que elegir siempre a este último, por mucho que le pese al asegurado que representemos. No estamos hablando de tratas, sino de búsqueda de la verdad material que es por el camino que debe guiarse siempre el Abogado.

En el sentido que seguimos, el Abogado debe saber que no debe realizar en el acto del Juicio y en el turno de la prueba testifical, más de nueve preguntas al testigo. ¿Y esto por qué? Porque la memoria a corto plazo del cerebro sólo es capaz de recordar nueve unidades de algo una vez (recordemos el por qué nuestros números de teléfono no tienen más de nueve cifras en los móviles y siete en los fijos), después empezamos a olvidarlas para facilitar la entrada a otras.

Ello no quiere decir que debamos realizar nueve preguntas de manera imperativa, como tampoco interrumpir el interrogatorio porque no haya hilación en las respuestas, sino que el Abogado debe mantener la calma y continuar con las preguntas olvidando de inmediato la que se realizara anteriormente, intentando dar continuidad al interrogatorio y confianza al testigo, relajándolo o llevándolo a un nerviosismo por el que alcancemos la realidad o falsedad de su testimonio.  Hay que seguir el interrogatorio pese al error que cometa el Abogado, pues a apoco que se ofrezca naturalidad pasará inadvertido.

Mientras que el Letrado oponente intentará llevar a su testigo a hacerle decir lo que aquél desea que diga, el Abogado oponente-litigante debe conocer la denominada “teoría de dirección de señales”, como aquella teoría por la que nuestros deseos nos hacen ver lo que deseamos ver, y por la que decimos lo que deseamos decir, lo que está en completa contradicción con el principio de objetividad de un testigo, produciéndose el autoengaño y la disonancia cognitiva: Se elige, de entre diversas opciones, aquella que hemos aceptado nosotros. Desechamos las de los demás porque no son nuestras.

El Abogado debe llevar al testigo a desechar su elección intentando que vaya aceptando la de los demás, entre ellas las del cliente defendido (denunciante o denunciado), haciendo ver al testigo las contradicciones en las que cae, las ilusiones de percepción en las que se abandona, todo a través de pequeños detalles, aun nimios, pero que le aparten de sus deseos, o lo que es lo mismo de sus falsos recuerdos.

¿Cómo conseguirá esto el Abogado? El Abogado debe hacer que el testigo sienta que se le está ayudando a realizar un acto de cooperación con la Justicia en la búsqueda de la verdad. Cuando alguien confía en nosotros, nuestro cerebro segrega oxitocina, hormona que se segrega durante el parto, la lactancia, cuando recibimos reconocimiento social y cuando prestamos ayuda a los demás, correspondiendo a nuestra confianza. La cuestión no radica en que confiemos en el testigo, si no en la confianza que él muestra hacia nosotros.

Esta tarea del Abogado no sólo ha de realizarse con los testigos de su parte, también  con los testigos de la contraria, salvo que nos encontremos con el testigo hostil, que si está en el lado de nuestro cliente el Abogado ha de rechazar su intervención en el juicio pese a todas las protestas  del cliente, y si está del lado contrario ha de resaltarse toda animadversión que mantenga con nuestro defendido.

El testigo del accidente de tráfico es peculiar porque, en la mayoría de las ocasiones, dice haberlo visto todo, cuando no ha visto nada. La labor del Abogado, pues, no es la de hacer llegar a la Sala de Audiencias a todo testigo que se le presente como tal, si no el idóneo en el recuerdo de la realidad del accidente, como su labor está -respecto de los testigos de la contraparte- en resaltar lo fútil de sus recuerdos y recreaciones con respecto al verdadero alcance y exactitud de lo ocurrido en el accidente de tráfico. Luis Alberto Calderón.

Reseñado por  S.L. Maknik y S. Martínez-Conde. Los engaños de la mente. Libro del que se han extractado algunas de las ideas que en este artículo aparecen y se desarrollan.

Calderon Corredera Abogados